Desde la penumbra de mis sueños rotos...
Hoy el silencio me hace fiel compañía. No hay nada más que ese silencio que me acapara en este día gris. Y me enoja pensar que una palabra suya, alguna simple palabra haría que este silencio se fuera, que este silencio que me angustia desapareciera por sólo un instante, un grandioso instante.
Pero sin embargo, no importa ya, porque el mismo silencio se burla de mí, de mi estúpida existencia. Me acompaña, me vacía y me vuelve a llenar. Se ríe, llora y se vuelve a reír. Me habla, me llena la mente de ideas incesantes, de ideas de cómo terminarlo, pero no se va. Y aquel que puede hacer que se vaya no habla, ni para saber como me llevo con en silencio.
Aquel, quien no le cuesta nada, quien alguna vez quizás prometió no callar lo ha hecho otra vez, quizás por palabras que no llenaron su interpretación. El silencio que consume y la rabia que crece a favor del silencio están aquí, tan presentes que es difícil saberlos ignorar.
Aunque el día parece brillar a favor del mundo, esos rayos me duelen, me hieren, rayos grises son para mí. Y cuando veo colores no los siento, no los reconozco, sólo están allí. Ellos parecen burlarse de mí también.
Aquí me quedo, con el silencio y con mi rabia, sin saber que hacer, sin saber que creer. Sin saber lo que piensa el causante del silencio, el único que lo puede demoler.
Me quedo.
Con su silencio.
Con mi rabia.
Sin saber que hacer.
Pero sin embargo, no importa ya, porque el mismo silencio se burla de mí, de mi estúpida existencia. Me acompaña, me vacía y me vuelve a llenar. Se ríe, llora y se vuelve a reír. Me habla, me llena la mente de ideas incesantes, de ideas de cómo terminarlo, pero no se va. Y aquel que puede hacer que se vaya no habla, ni para saber como me llevo con en silencio.
Aquel, quien no le cuesta nada, quien alguna vez quizás prometió no callar lo ha hecho otra vez, quizás por palabras que no llenaron su interpretación. El silencio que consume y la rabia que crece a favor del silencio están aquí, tan presentes que es difícil saberlos ignorar.
Aunque el día parece brillar a favor del mundo, esos rayos me duelen, me hieren, rayos grises son para mí. Y cuando veo colores no los siento, no los reconozco, sólo están allí. Ellos parecen burlarse de mí también.
Aquí me quedo, con el silencio y con mi rabia, sin saber que hacer, sin saber que creer. Sin saber lo que piensa el causante del silencio, el único que lo puede demoler.
Me quedo.
Con su silencio.
Con mi rabia.
Sin saber que hacer.
Desde la penumbra de mis sueños rotos,
Adriana
Adriana